Tráfico en Quito: estamos 80 años atrasados.

El siglo XX fue el siglo del automóvil, una suma de factores contribuyeron a este hecho. A inicios del siglo, Henry Ford desarrolló la producción en cadena lo que le permitió ensamblar una mayor cantidad de autos a menor costo, permitiéndole a más familias conseguir su propio vehículo. Por otro lado, las 2 guerras mundiales provocaron un rápido desarrollo tecnológico e industrial que fue aprovechado por la industria automotriz. Sin embargo, la tecnología por sí misma no era suficiente. Las decisiones sobre el modelo de vida de las personas, serían las que le darían al automóvil el lugar que tiene hoy en día.


La arquitectura y urbanismo de inicios del siglo XX ya proponían modelos donde el automóvil tenía una posición privilegiada en la ciudad. Tras la victoria aliada en la segunda guerra mundial y el surgimiento de Estados Unidos como potencia global, el modelo de suburbio se consolida en ese país y empieza su rápida expansión por el mundo.


El uso del automóvil es imperativo cuando hay grandes distancias que separan las zonas residenciales con aquellas donde se desarrolla el trabajo. Esta necesidad de tener un vehículo es proporcionalmente directa a la necesidad de más espacio para moverlo; como consecuencia, la congestión y contaminación han dañado la calidad de espacios de la ciudad. La baja calidad de vida en la ciudad incentiva a más gente a vivir en los suburbios, para quienes se necesitarán más autos que, a su vez, necesitan de más espacio. Un círculo vicioso del que nacen muchos problemas actuales de la ciudades.


Quito, como una ciudad de esta cultura occidental, influenciada fuertemente por el american way sufre también de esta realidad. Nuestra ciudad ha sido, durante los últimos 60 años, una ciudad diseñada para el automóvil. La creación de suburbios residenciales viene sucediendo bastante a través de los años. Cuando esos suburbios se volvían uno con la ciudad, la respuesta nunca fue encontrar una integración armónica de usos y espacios urbanos, al contrario, solo se movió el suburbio un poco más lejos.



El siglo XXI no trajo cambios en el modelo urbano de Quito que, al contrario, se empeñó en replicar con mayor agresividad y efusividad los conceptos de hace 80 años. Hoy los suburbios de Cumbayá, Tumbaco, Los Chillos, Calderón, Pomasqui y San Antonio son zonas de vocación residencial que por su gran distancia a los centros de comercio, urbanizaciones cerradas y barreras físicas, requieren que sus habitantes posean, por lo menos, un vehículo.


Es fácil, entonces, entender por qué tenemos el tráfico que tenemos. En pleno siglo XXI estamos aferrados a ideas de casi 100 años de antigüedad. Cada día que pasa empeora la situación frente a la desidia de las autoridades competentes, el voraz apetito del mercado inmobiliario -único ganador con este modelo de ciudad- y el desconocimiento de la ciudadanía que busca su ideal de tener una vivienda cómoda y segura para su familia. Al mismo tiempo, ignora que es parte de los problemas de tráfico, inseguridad y contaminación de la ciudad donde vive y que, además, siempre culpa al vecino.


Parafraseando a Jane Jacobs, mujer ícono del nuevo urbanismo: las autopistas, estacionamientos, drive-thrus, gasolineras, son devastadores de ciudades. Pero la culpa no recae sobre la máquina, sino sobre las sociedades que han ignorado su propia naturaleza y sus necesidades para poner a sus ciudades al servicio del auto.


Tener buenas veredas, es un derecho mínimo de quienes vivimos en esta ciudad; las ciclovías son una alternativa viable y necesaria; y el transporte público un motor del desarrollo y la inclusión de la ciudad. Estos tres elementos deben ser respetados y repotenciados, pero para solucionar los problemas hay que atacarlos desde la raíz, y el problema de la movilidad en Quito empieza desde la forma en la que estamos haciendo la ciudad. Aún no tenemos una respuesta, encontrarla no es fácil y requiere de acuerdos entre distintos sectores. Pero podemos empezar reconociendo el problema y cuestionando si este Quito del siglo XX es sostenible en el siglo XXI.





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