¿Y si el metro no funciona?

Actualizado: 22 de ene de 2020

22 kilómetros, 2009 millones de dólares. El Metro de Quito es el proyecto más grande en la historia moderna de nuestra ciudad. Hoy, con el proyecto al 85% de ejecución y a un año de iniciar su operación, tenemos que hablar de lo que casi no se habla: el metro tiene que ser más que transporte.


Como ciudad, estamos superando el error de ver este proyecto simplemente como un tren bajo el suelo. La alcaldía finalmente está trabajando en reorganizar el transporte en superficie y se ejecuta otro megaproyecto: el Corredor Metropolitano, que tiene como uno de sus ejes el trazado del metro.


Sin embargo, los megaproyectos pueden ser engañosos, no hay que olvidar la razón de ser de cualquier obra: la gente. El barrio es la unidad mínima de la ciudad y es donde sucede la magia de esta, no podemos ignorar esta escala. Quito necesita que sus barrios estén cerca en términos de infraestructura y tejido social a sus estaciones del metro.


Seamos honestos, no es en las grandes construcciones donde se mejora la calidad de vida de la gente, sino en las acciones que permiten que las actividades más simples de un ciudadano puedan ser realizadas en un ambiente seguro y agradable.


Para que el metro funcione necesitamos obras pequeñas pero significativas: arreglar las veredas de los pequeños barrios, iluminarlas, ponerle árboles y bancas para descansar. Si llegar a pie a la parada más cercana es seguro y cómodo, el metro sirve; si no, es solo un juguete caro para fingir modernidad.


Hay una estrategia llamada placemaking y en términos sencillos lo definiría así: los vecinos de un sector se reúnen con el equipo de planificación de la ciudad, expresan sus ideas, sus temores y sus sueños respecto al lugar donde viven; entonces se diseñan y ejecutan transformaciones que nacen de la propia comunidad y son administradas posteriormente por dicha comunidad.


El placemaking promueve que los lugares más cotidianos de un sector se revitalicen y estén conectados entre sí. La calle se vuelve un lugar para estar, no un mero recorrido. Las calles se vuelven seguras, mejora la economía local y la buena vecindad se fortalece.

Dicho eso, si logramos que los barrios cercanos a las 15 estaciones del metro -desde sus ciudadanos- planten y construyan mejoras en sus veredas, en sus calles, en sus parques y en sus negocios, tendremos un metro que sea más que la cara línea que une A con B, sino el elemento integrador de una ciudad rejuvenecida y llena de vida, donde lo importante no es el cemento sino la calidad de vida de su gente.


Quito atraviesa una profunda crisis y la única forma de rescatar nuestra ciudad es que su gente vuelva a sentirse parte de la misma, las soluciones tienen que salir desde los que caminan y sufren la ciudad, evitando las burbujas que se producen en círculos políticos o académicos.


La cultura metro no se construye desde arriba, el amor propio de una ciudad no se hace desde el marketing, con ciudadanos con el poder de mejorar su barrio podemos superar esta crisis. Y el metro nos da esa gran oportunidad, no podemos desperdiciarla.




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